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miércoles, 29 de febrero de 2012

UN VALIOSO PROYECTO PARA SALVAR TARICAYAS - "EL COMERCIO"

 “Peleen por su vida, ¿ya?”, les dice Joana Deza, bióloga de la Wild Life World Foundation. Las 1.443 tortugas que los guardaparques de la Zona Reservada Güeppí liberarían esa tarde merecen sobrevivir. Paola Veintemilla, bióloga loretana, jefa de los guardaparques, las mira con nostalgia y se arma de valor. “Mis niños”, dice, con orgullo.

 Las 1.443 tortugas que los guardaparques de la Zona Reservada Güeppí liberarían esa tarde merecen sobrevivir. Paola Veintemilla, bióloga loretana, jefa de los guardaparques, las mira con nostalgia y se arma de valor. “Mis niños”, dice, con orgullo. Las 1.443 taricayas bebes son depositadas dentro de baldes y embarcadas en la lancha del Sernanp por el guardaparques apodado ‘Vengador’. Tiene que llevarlas a una playa cercana, en el río Ahuarico, a pocos kilómetros de la confluencia con el río Napo. Una pequeña isla es el lugar ideal para liberarlas. Mientras enrumbamos a tan maravillosa experiencia, Paola nos explica la importancia de este proyecto.

 LA FUERZA DEL INSTINTO 

Entre octubre y diciembre las tortugas ponen sus huevos en la arena, pues es época de playas, ya que los ríos bajan su caudal a falta de lluvias. Hacen un hueco y desovan. Cada taricaya puede poner de 25 a 35 huevos. Luego las madres se van y los dejan ahí para no volver más. Los huevos se incuban al sol. La incubación es de 8 a 10 semanas, al cabo de las cuales las crías nacen solas. El problema es que, dejados así, a su suerte, los huevos son capturados por personas que llegan a las playas y se los llevan antes de que nazcan, pues son un sabroso alimento. Por eso los guardaparques de Güeppí buscan el rastro de las taricayas en las playas. Siguen sus huellas, recolectan los huevos y los reanidan en una playa artificial que construyen junto al albergue de Sernanp para que puedan desarrollarse sin ser depredadas. 

 Tanta suerte tuvimos en este viaje, que la noche del 13 de febrero los huevos eclosionaron y las vimos nacer. Al día siguiente, ya con el ombliguito cerrado, las taricayas bebes estaban listas para continuar con su destino. Las llevamos en bote a una playa y las liberamos. Solitas, por puro instinto, se lanzaron al río. 

"El Comercio" ( 26-02-12)

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